Fanjul,El mito de las tres culturas en espanya

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Fanjul,El mito de las tres culturas en espanya
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  El Mito de las tres culturas en España Sobre los mitos de las historias políticamente correctas actuales por Serafín Fanjul   ¿Cuál es la verdadera identidad de España?. La pregunta casi aburre, sobre todo tras la conversión en categorías de alcance cósmico de otras identidades mucho menores, en algunas regiones del país. Durante los años del nacional catolicismo se perfiló una imagen de cartón piedra que, por necesidad había nutrirse de la tradición heredada y del hecho innegable, de que la Península desde el siglo XI -crucial en su destino- comenzó de manera inexorable su vuelta a la gran área cultural y religiosa de la latinidad. Si ello fue bueno o malo queda a la libre estimación del opinante, pertrechado cada quien con su infalible catecismo bajo el brazo. Sin embargo, una vez desaparecidos en los últimos años los factores de coerción ideológica, la reacción hacia el otro extremo no se hizo esperar, y si antes se siguió como modelo y patrón histórico la pretensión de lo eterno español simbolizada en "reclamarse de los godos" -como en la Francia del Antiguo Régimen legistas e historiadores, si no de los godos, sí "se hacían de los francos"- a partir de finales de los sesenta la moda vino a dar en el rechazo de todo cuanto no implique la prefabricación de exóticos hechos diferenciales que sostengan y legitimen la no siempre santa política local de esta o aquella región, al menos en el plano retórico. En Andalucía sobre todo, por lo que hace al factor árabe. Para tal efecto se acudió a obviedades como dejar bien sentado que los españoles actuales somos resultado de las distintas aportaciones de pueblos diversos, de las aculturaciones, influencias o pérdidas a que se vio sometido el país entero. Del saldo general de la historia, en suma. Nadie niega tal postulado, pero el conflicto empieza apenas intentamos delimitar cuáles son los elementos dominantes o mayoritarios, en nuestros gustos, comportamientos, sentires, adscripción a una u otra manera de ver el mundo, con qué y con quiénes nos identificamos o cuál es nuestro concepto sobre el grupo humano a que pertenecemos. A partir de los viajeros escritores del Romanticismo europeo y de la corriente historiográfica, cuyo principal exponente es Américo Castro, se ha ensamblado, con piezas muy heterogéneas, otra imagen que, como mínimo, requiere una revisión y crítica, sin ensañamiento pero sin complacencias. Del sepulcro del Apóstol, la espada del Cid y las joyas de la Reina Católica se ha pasado en un cierraojos -y eliminando por pecaminoso todo, lo anterior- a los surtidores del Generalife, los ojos negros de las sevillanas (sin remisión, de srcen árabe) y la exquisita convivencia de las tres culturas en una España medieval no menos imaginaria que la manejada por la hagiografia contraria. De unos mitos fundacionales se ha pasado a otros, sin solución de continuidad, idénticos los mecanismos acríticos utilizados con la diferencia a favor de la primera, tal vez, de la mayor solidez de los hechos en que se basa, pues a fuerza de evidentes y sabidos, se olvidan y marginan. Nos guste o no, la Península Ibérica es un territorio europeo, con una larga trayectoria de afirmación de tal identidad (desde ese siglo XI antes mencionado), unas abrumadoras raíces culturales y lingüísticas adscritas al mundo neolatino y un predominio secular del cristianismo. Características nunca borradas en su totalidad y dominantes en proporción absoluta desde la misma Edad Media. No se trata de la Hispania Eterna que -según dicen- propugnaba Sánchez Albornoz, sino de procurar el esbozo del problema en términos menos grandiosos y excepcionales, entendiendo que los fenómenos sociales aquí acaecidos en el fondo y en las formas no difieren mucho de los habidos en otras  latitudes europeas, africanas o asiáticas, pese al cúmulo de matices que, sin duda, conforman nuestra cultura y nuestra sociedad. De modo nada paradójico, Castro y Sánchez Albornoz vienen a coincidir por vías opuestas en el carácter especialísimo de nuestra historia y nuestro país. La simbiosis del uno o la antibiosis del otro se dan de bruces con las evidencias de fenómenos similares en distintos lugares y momentos en regiones del globo apartadas o próximas. El esfuerzo investigador y erudito de Albornoz se ve contrapesado por las estupendas aseveraciones de Castro: «En España (en la verdadera España, no en la fraguada por los cronistas)»; «todo lo cual refuerza la sospecha de que la vida de los españoles ha sido única; para mi espléndidamente única». Por descontado que la verdadera España es la que él propone unívoca en su realidad y sus interpretaciones correspondientes: fuera de él sólo existe el error. Así medra la idea, repetida hasta la saciedad, del carácter singularísimo y paradisíaco -agregan con frecuencia- de aquel lugar sin parangón posible, cuyas tolerancia, exquisitez literaria y convivencia sin mácula sirven para adornar los discursos de los políticos profesionales o, so color de abrirse a todas las etnias, lenguas y religiones (principio irrebatible, en abstracto), ignorar la realidad cotidiana y presente, mucho más roma y menos sugestiva. La idea de que la España musulmana primero, y en parte la cristiana, después, fue un paraíso prolifera. Obras como La España árabe. Legado de un paraíso, de I. y A. von der Ropp, Mª Casamar y Ch. Kugel, menudean entre periodistas, ensayistas, escritores varios. Y que los hechos históricas sabidos y comprobados, con no menor asiduidad, no concuerdan con ese enfoque edulcorado no arredra a los practicantes de esta nueva religión Pocos son los españoles que se toman el trabajo de leer en directo las crónicas antiguas, los cancioneros poéticos, las colecciones de refranes, por no hablar de las actas notariales o los libros de repartimientos, la información de primera mano de' que disponemos, tan aficionada como es nuestra gente a leer de oídos. De tal suerte, las aproximaciones más serias y objetivas quedan circunscritas al ámbito, de peso menguante sin cesar, de los especialistas, cuya mera mención provoca ronchas en los divulgadores de la Nueva, por lo general bien situados en los medios de comunicación. De lo pequeño y cercano podemos pasar a lo grande y distante; Portugal o el continente africano arrastran similares tópicos, iguales distorsiones buscadas y reiteradas, durante siglos por viajeros y editores europeos. Y, por supuesto España. Misterio, embrujo, tipismo, duende, exotismo pintoresco... se hallan, si se buscan, e inducen, v.g. a P. Mérimée, a desdeñar la mayor parte de la arquitectura española por ser «demasiado parecida a la suya», en tanto adjudica un imposible carácter árabe a la gótica Lonja de Valencia, del mismo modo que considera «auténtica belleza musulmana» a una señora vizcaína. En otras ocasiones el srcen de la distorsión procede de equivocadas ideas científicas del pasado que proporcionan, desde la cómoda perspectiva actual, sabrosas mofas a críticos superficiales. La proyección hacia tiempos pretéritos de los conceptos, conflictos y enfoques de nuestro tiempo ha generado graves errores de apreciación, tanto en investigadores serios como en meros publicistas. Unos y otros rivalizan en la idealización de un pasado que demuestran conocer bastante mal, porque acusar al Cid, v.g. de limpieza étnica en Valencia (Pere Bonín, Diario 16, 13-9-95), con absoluto desprecio de la historia y simplificando con imágenes del presente la condena del pasado que, a su vez, se reinstrumentaliza para poner en solfa por vía nada indirecta a la Castilla de ahora, es desconocer que la repoblación con cristianos -y sin expulsión de musulmanes- en Valencia data de un siglo y medio más tarde de la muerte  del Cid; y, en todo caso, fue obra de aragoneses y catalanes, no de castellanos. Por añadidura, tal vez no sea en balde recordar que los musulmanes de la otra orilla del Estrecho llevaban muchos siglos de antelación en la política, mediante coacciones, de, absorción cultural y religiosa de las poblaciones sojuzgadas por el Islam, pues en ese contexto de represalia réplicas y enfrentamiento de civilizaciones, fe y cosmovisión estimamos debe realizarse el análisis de nuestro pasado, no ocultando los choques, si queremos entender y tratar de corregir las demasías de antaño (por ambas sociedades, claro). La principal fuente nutricia de este replanteamiento iconoclasta suele ser Américo Castro, y muy en especial su obra La realidad Histórica de España, tomada más como nueva Biblia que como materia de discusión y con traste, confundiéndose el rechazo del trasfondo ideológico y deformador del nacional catolicismo, tantas veces hilarante, con la condena cerrada de cuantas apoyaturas históricas éste utilizó. Una postmodernidad gozosa, en su alienación ha rematado el resto. Así pasan por artículo de fe las luminosas enseñanzas que tanto repite J. Goytisolo, afirmaciones difíciles de mantener, debiendo ser historiadores extranjeros nada sospechosos de imperialistas filipinos (F. Braudel, H. Kamen, Joseph Pérez, Elliot Lapeyre) quienes desde la objetividad que les confiere el distanciamiento y el no hallarse implicados en nuestros complejos de inferioridad y autohumillación como vía para la purificación -exigida por el mismo Castro- ofrezcan datos, ideas y llamadas al sosiego. No es nuestro objetivo presentar un inventario de las exageraciones de don Américo, ni siquiera resumido, pero los historiadores citados, y otros españoles, han aportado documentación más que suficiente que rebate por si sola la más reiterada e insostenible de las pretensiones; de Castro, condensada en una rehahíla de noes: no comercio, no trabajo manual, no artesanía, no agricultura, no, pensamiento, no cultura, no curiosidad intelectual... a no ser que sus cultivadores fuesen  judíos o marranos. De forma campanuda concluye: «no se produjo ninguna actividad científica srcinal y por sí sola válida». Cuando un ejemplo no encaja con su pretensión, como es el caso de P. Madoz por él mismo citado, despacha la contradicción calificándola de «sorprendente». Y andando. Los hechos probados, sin embargo, corren por otros rumbos: hasta en Valencia (donde más moriscos había) la agricultura de regadío, las industrias urbanas y el comercio a, gran escala estaban mayoritariamente en manos de cristianos viejos, como señaló Lapeyre; las aportaciones españolas en cosmografía y geografía, por mor de los descubrimientos, fueron decisivas para el conocimiento y noción de conjunto del planeta (el mapa de Juan de la Cosa es de 1500 ); la enumeración exhaustiva de científicos que J. Juderías, por ejemplo detalló en las más diversas disciplinas (filosofía, medicina, botánica, lingüística, mecánica, etc.) es desdeñada olímpicamente. Nuestra perplejidad es grande: ¿quién construyó todo nuestro legado arquitectónico desde la Edad Media? ¿Fueron sólo alarife moriscos? ¿Que porcentaje de mudéjares verdaderos participó, en la práctica, hasta en las construcciones de orden mudéjar? ¿Los inexistentes pintores y escultores criptomusulmanes pintaron y esculpieron lienzos y estatuas? ¿La inmensa literatura del Siglo de Oro fue en su totalidad obra de marranos? ¿De dónde se sacan los epígonos de don Américo que Cervantes era pro-árabe? ¿Qué motivos de simpatía podía albergar hacia esa sociedad tras su durísimo cautiverio en Argel? ¿No se están mezclando los vacíos, incapacidades, enquilosamientos posteriores a la mitad del XVII con las décadas y siglos anteriores en que la pujanza y vigor del país entero propició empresas de la dimensión de la exploración, conquista y colonización llevadas a cabo en América y el Pacífico? ¿No fue este gigantesco esfuerzo posterior a la expulsión de los judíos? ¿No corrió en su mayor parte el peso de tal movimiento sobre los hombros de Castilla (es decir, desde  Estaca de Vares a Cartagena y de Fuenterrabía a Gibraltar)? ¿Cómo se puede olvidar que la decadencia cultural y militar y científica vino más de factores económicos que por el destierro de minoría ninguna? ¿El despoblamiento por pestes, emigración, guerras y la política de hegemonía en Europa, con su consiguiente sangría impositiva, no fueron más responsables del hundimiento económico? ¿Por qué debemos seguir aceptando, silentes y humillados, que manifestar una sola palabra favorable o respetuosa, o de mera matización, hacia otros españoles pretéritos, de actos buenos y malos (con predominio de los primeros), sea sinónimo de fascismo? ¿Cuándo la izquierda española, heredera de los complejos y tabúes de la guerra civil, será capaz de asumir nuestra historia o, al menos, de leerla? ¿No estaremos ante el caso más notorio y flagrante de lo que Julián Marías denomina la «fragilidad de la evidencia» («El hombre prefiere lo que se dice, sobre todo si se le repite con énfasis y autoridad, o con la reiteración y eficacia de los medios de comunicación, a lo que entra por los ojos o debería penetrar en la mente»)? A. Castro proclama «la básica estructura cristianomoruno-hebraica de la sociedad española», adjudicando un carácter semítico a los españoles (árabe y judío) de donde vendría, por ejemplo, nuestra intransigencia religiosa, con lo cual incurre en una peligrosa simplificación que abocaría al ineludible carácter semítico de todo el continente por la intolerancia, persecuciones y degollinas perpetradas con igual entusiasmo por protestantes y católicos a lo largo de las guerras de religión hasta la Paz de Westfalla y perpetuadas a través de una segregación de hecho en la convivencia hasta tiempos cercanos. Por ende, es peligroso jugar con las palabras, porque el. gentilicio «semítico» es demasiado vago e inconcreto; Sobre una remota comunidad lingüística (que no racial), que se remonta a varios milenios antes de Cristo, se pretende construir una identidad de objetivos, reacciones, sentimientos, etc., en la Península Ibérica medieval, o, dicho de otro modo: ¿los musulmanes de srcen árabe cierto, en los siglos XI, XII, XIII, se sentían partícipes de una comunidad espiritual y de identidad con los  judíos y sus coetáneos?, ¿Cómo meter a todos en el mismo saco con tanta frivolidad? Sin embargo, Castro multiplica las afirmaciones de ese jaez: «Tan españoles los unos como los otros todavía en aquella época»; «las tres religiones, en 1300, ya españolas, conviven pacífica y humanamente»; «imposibilidad de separar lo español y lo sefardí»... El procedimiento de exhibir -por parte de la mitología conservadora-, para forjar un pasado nacional lo mas antiguo posible, como españoles a personajes de la historia romana (Séneca, Trajano, Marcial, etc.) e incluso prerromana (Viriato, «lusitano»), tan del gusto de Sánchez-Albornoz, es adoptado con igual fervor por su adversario, si bien éste rechaza, con buena lógica, a «pastores lusitanos», romanos y visigodos como partícipes de las connotaciones del ser español. Pero tan insostenible es considerar tal a San Isidoro como a lbn Hazm o Maimónides, pertenecientes a culturas netamente diferenciadas de la nuestra -y conscientes de serlo- y enfrentadas incluso al germen (la Hispania medieval cristiana) de lo que tras un proceso de unificación y desarrollo terminaría cristalizando en una identidad común. No obstante, para nuestro interés en estas páginas debemos hacer hincapié en una de las pretensiones de Castro y los castristas mas aireadas y utilizadas por alcaldes, presidentes de diputación y. políticos en general cada vez que acuden al florilegio retórico de las 3 culturas. Nos referimos a la supuesta convivencia pacífica y humana de las tres lenguas, las tres culturas y las tres religiones. En los últimos años este monótono ritornelo viene siendo manejado de manera rutinaria hasta el hastío por gentes cuyo conocimiento de la Edad Media y de las sociedades árabe y judía es, al menos dudoso. La fragilidad de la evidencia de J. Marías resurge tan campante y no basta, al parecer, con que experiencias muy próximas,  contemporáneas nuestras de ahora mismo, en Líbano, Turquía o Yugoslavia nos alerten acerca de la realidad de esa imaginaria convivencia fraternal y amistosa de etnias, religiones y culturas: con satanizar y culpabilizar de todos los males a una de las partes implicadas suele resolverse la contradicción patente entre los hechos y los buenos deseos. Ese panorama de exquisita tolerancia (la misma palabra ya subsume que uno tolera a otro, o sea, está por encima), cooperación y amistad jubilosa entre comunidades se quiebra apenas iniciamos la lectura de los textos srcinales y se va configurando ante nuestros ojos un sistema de aislamiento entre grupos, de contactos superficiales y recelos permanentes desde los tiempos mas remotos (el mismo siglo VIII, el de la conquista islámico) es decir, un régimen más parecido al apartheid sudáfricano, mutatis mutandis, que a la idílica Arcadia inventada por Castro. Que los poderes dominantes -primero musulmán y luego cristiano- oprimieran concienzudamente a las minorías y poblaciones sometidas en general, es un incómodo aspecto de la cuestión, obviado mediante :él mismo expediente empleado en el caso yugoslavo: una nebulosa maldad intrínseca a «los cristianos», «los castellanos» o «los almoravides» sirve para no abordar, con el esfuerzo consiguiente, las raíces del problema, la enorme dificultad de conseguir inculcar respeto hacia el otro, de evitar la automarginación y marginación simultáneas de comunidades enteras, de superar de la noche a la mañana prejuicios, tabúes y temores engendrados a lo largo de siglos por razones muy concretas (choques y abusos, mutuos) subsistentes en la conciencia y la memoria colectivas. La ingenua declaración de A. J. Toynbee en el sentido de que árabes e Islam están libres de veleidad o propensión racista alguna no soporta el más leve cotejo con la realidad. La literatura árabe es un venero inagotable de ejemplos. Y si los no musulmanes en al-Andalus eran «considerados ajenos a la sociedad en su conjunto», el  jurisconsulto al-Wanxarisi niega a los musulmanes la licitud de quedar en territorio cristiano, entre otras causas, por la posibilidad de que incurran en cruces matrimoniales mixtos. Que algunos árabes al reclamarse por Qurayxíes (la tribu de Mahoma) pretendan con ello ser los mejores de los árabes y por tanto del género humano, meramente constituye una manifestación no poco acomplejado, en el más favorable de los juicios, pero -como es natural- no representa nada serio, aunque sí explica (esa pretensión de hacerse de los árabes puros, como la de hacerse de los godos entre nosotros, o de los francos en Francia) la pervivencia hasta el reino de Granada de gentes que se decían descender de los conquistadores del siglo VIII, aunque lbn Hazm en su Yamhara comprueba el reducido número de linajes árabes arraigados en la Península y lo imitados y dispersos que vivían en el siglo XI, señalando la cifra de 73. Nuestro maestro Elías Terés subió el número hasta 86, completando a Ibn Hazm con In Said (S. XIII) y al-Maqqari (s. XVII). En todo caso la aportación racial árabe fue muy exigua. Tampoco los judíos eran numerosos ni en la España cristiana ni en al-Andalus. Constituían comunidades muy cohesionadas y cerradas, bien situadas económicamente pero en ningún modo populosas. En el mismo siglo XI la cifra máxima, propuesta por E. Ashtor alcanza un total de 50.000, si bien Isaac Baer concluyó que su número era mucho más reducido, como veremos. Sin embargo la gran aportación ideológica de los hebreos al pensamiento racista -y muy anterior a la España medieval- fue su concepto de «pueblo elegido», con: el correlato de que la sangre fuera determinante para la pertenencia o no al grupo y por, consiguiente para los derechos que se detentan, o no, dentro de él. En el Deuteronomio se establece que bastardos, ammonitas y moabitas
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