De los libros de viajeros a la historia urbana: El origen de una disciplina. Ayer (Madrid) (n. 23); pp. pp. 61-85. ISSN 1134-2277.

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De los libros de viajeros a la historia urbana: El origen de una disciplina. Ayer (Madrid) (n. 23); pp. pp. 61-85. ISSN 1134-2277.
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  De los libros de viajeros a la historia urbana: el srcen de una disciplina Carlos Sambricío A quien se interese por los primeros trabajos concebidos en España sobre historia urbana, dos afirmaciones —tradicionalmente aceptadas— le llevarán a buscar aquellos primeros trabajos sobre la disciplina en los años cuarenta, al aceptarse de manera general que los escritos concebidos a finales del XIX y principios del xx (Puig i Cadafalch, Lampérez y Torres Balbás o la  Historia de las ciudades españolas,  redactada por Oskar Jürgens, aquel oficial del Estado Mayor alemán destinado en la Embajada de Madrid en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial) apenas tuvieron proyección. Poco o nada sabemos de estudios sobre núcleos urbanos en la España de los siglos xvni y xix, a pesar de que ía referencia a ía antigüedad clásica —como más tarde el mito medieval— estableció rupturas epistemológicas de las que podrían deducirse nuevos enfoques sobre la ciudad del pasado. Por ello, y cuestionando la doble afirmación sobre la inexistencia de un pensamiento sobre el hecho urbano antes de Puig i Cadafalch o Lampérez, y, en segundo lugar, frente a la débil reflexión sobre la escasa importancia de la historia urbana en los años anteriores a la Guerra Civil, quisiera formular algunas observaciones. En los siglos xvi y xvn los estudiosos del pasado que trataron sobre las antigüedades en España —Domingo de Andrade, Ambrosio de Morales o, incluso, su sobrino Pérez de Oliva- cuando escriben sobre monumentos pertenecientes a la historia hacen, ciertamente, AYER 23*1996  62 Carlos Saín brido referencia a los núcleos urbanos donde éstos se levantaron, identificándose «historia de la ciudad» con la presencia de piezas arquitectónicas singulares. Así, y hasta la segunda mitad del siglo xvm, los datos que tenemos sohre ciudades españolas proceden de material muy diverso: referencias cartográficas, información facilitada por censos, descripciones de libros de viajes o guías para forasteros, vistas de ciudades a vuelo de pájaro... Aparentemente dichas referencias oí recen una imagen de la ciudad del pasado; en realidad, el carácter parcial de lo expresado refleja cómo la anécdota —lo concreto— prima sobre la voluntad de abstraer, sobre el deseo de comprender cómo se configuró la trama, cuál fue el srcen deJ viario, cuál la función que cada iglesia o parroquia jugó en su barrio. Los planos, cuando no fantásticos (a menudo el autor incluía en los mismos edificaciones que todavía no habían sido construidas o que, incluso, nunca llegaron a serlo), no son en ocasión sino  tache aveugle,  donde sólo se ofrece la silueta de la población —donde sólo se informa sobre hasta dónde alcanzan sus límites y cuál era su perímetro—, sin que para nada se estudiara el trazado de sus primitivas murallas, cuáles sus sucesivos recintos, cuáles las puertas de acceso y su función en base al viario srcinal, cuáles las transformaciones sufridas en su trazado o, por último, cómo la modificación de ordenanzas municipales alteró y trastocó la división de lotes en manzanas. A partir de la segunda mitad del xvrii el estudio de la antigüedad adquiere nuevo carácter al valorarse la ruina no como resto arqueológico, sino como testimonio vivo de una arquitectura perteneciente al pasado. Se ci'itiea el uso reiterado de los elementos del barroco y se plantea un deseo de vuelta a la naturaleza o, lo que es lo mismo, a un nuevo estudio de la arquitectura antigua. Y cito repercutió de forma clara en el modo de entender y valorar la ciudad en la historia. Si poco antes las imágenes urbanas representadas en grabados o vistas generales se concebían como mera acumulación de edificios antiguos, como testimonio escenográfico de, culturas perdidas (donde los monumentos de la antigüedad se entremezclaban arbitrariamente, confundiéndose siglos y continentes, sin ningún respeto por comprender cuál pudo ser realmente la estructura de la De las libros tlf viajeros a la historia urbana 63 ciudad antigua), en torno a 1760 el núcleo urbano comienza a valorarse desde la preocupación por entender la disposición y organización de los edificios, por racionalizar y valorar el sentido del espacio colectivo. Sucede así que las noticias que Tanueci envía a Carlos Til, tras su marcha de Ñapóles, dando cuenta sobre el estado de excavaciones y nuevos descubrimientos llevados a cabo en Pompeya y Heveulano. tienen sorprendente continuidad en la España ilustrada, como lo demuestra, por ejemplo, el anuncio publicado en la  Gacetilla curiosa o Semanario granadino noticioso y útil para el bien común  de 2<í de abril de 1764, en la que se señala la «Necesidad de hacer un breve mapa de la ciudad de Granada... por lo que se pide número de casas, vecinos, conventos, ermitas, colegios, hospitales y otras especialidades que se hallen con todo lo que pertenece a la antigüedad». Se trata, pues, de llevar el estudio ele las ruinas a la realidad de la ciudad, de comprender cuánto el viario moderno depende, en su trazado, de la imagen antigua de la ciudad. La contradicción es importante, porque si bien todavía en 1764 se publicaba la traducción castellana de Belorio  Ychonogmphia de Roma antigua  —al que se añadían para esta edición seis láminas inéditas a las veinte ya publicadas inieialmente—, manteniendo criterios escenográficos donde la ruina se representa fantaseada y sin relación alguna con la realidad urbana en la que se sitúa, por el contrario, desde poco antes de 1750 se había planteado en Madrid —v desde preocupaciones bien distintas, como era el deseo tiscal por conocer la realidad de la ciudad— un Catastro tan excepcional y perfecto (la  Planimetría)  donde no solamente se hace abstracción del plano de la ciudad, sino que se estudia, manzana a manzana. la división de los lotes y, con el pretexto de las obligaciones fiscales de cada una de las fincas, se calcula la superficie de las manzanas, su división real en parcelas, el número de habitantes que las ocupan... Del Madrid de la  Planimetría  al  Campo Marzio  de Piranesi: del estudio de la realidad al sueño nostálgico de la ciudad del pasado. En 1763 Hermosilla, Villanueva y Arnal realizan, por encargo de la Academia de San Fernando, un viaje a Córdoba y Granada con objeto de estudiar las antigüedades árabes de aquellas ciudades.  64 Carlos Sambricio Si para Piranesi cabía todavía la posibilidad de describir la ciudad soñada, para los españolea, por el contrario, el levantamiento que ahora deben realizar de las antigüedades árabes encaja más con la  Planimetría,  con la voluntad por estudiar la realidad de lo antiguo, que con la representación de la utopía. Hermosilla y sus acompañantes dibujan la relación de los monumentos con su entorno, detallan la topografía del terreno, definen cómo se resolvió —en la ciudad antigua— el problema de las canalizaciones de fuentes y canales, ofrecen un plano de conjunto de la Alhambra (abandonando la idea de analizar pieza a pieza lo que en realidad es una auténtica ciudad), y el nuevo «Campo Marzio» que se ofrece ahora tiene, respecto a la propuesta de Piranesi, la voluntad de ser una aproximación real a la ciudad antigua, de detallar su estructura y de conocer sus características. Lejos de las descripciones abstractas, la ciudad posible que aparecía en las utopías barrocas (en  Sinapia,  por ejemplo) o en los comentarios de Rousseau, Voltaire, del Abate Laugier o de Morelly, que se reflejan en las descripciones que aparecen en los  Aypareontes  —publicadas en el Censor — o en  Zenit  —dada a conocer en forma de carta anónima en el  Correo de Madrid —, poco tiene ya en común con la reflexión sobre la historia que se refleja en las  Antigüedades árabes de Córdoba y Granada. En los años siguientes, la fortuna del estudio de Hermosilla quedó sin continuidad; tras él ocurrió que los antiguos libros de forasteros se «actualizaron», si bien primero Pon/, y luego Pérez Bayer, Bosarte o Ortíz y Sanz publicarían en esos años viajes anticuarios que, cada vez más, derivarían hacia un estudio de los monumentos. Entre 1750 y 1800 se plantea en las principales ciudades españolas un singular proceso: bien debido al crecimiento de la ciudad por razones económicas (el auge que, en torno a 1760, señalara Pi'erre Vilar en la Barcelona de las «fábricas de Indianas») o por las consecuencias que tiene en Madrid el incendio del Alcázar—con la consiguiente recuperación del frente este de la ciudad por una aristocracia que sigue a un Bey que cambia su residencia al trasladarse al Buen Retiro—-, el hecho es que las ciudades sufren un OH  los libros de viajeros a la historia urbana 65 importante cambio al trastocarse el valor «sagrado» del espacio por un nuevo concepto de lo «privado». Los teóricos del urbanismo ilustrado han analizado el cambio; en consecuencia, las ordenanzas municipales cambian, la imagen de ciudad se trastoca y la nueva propuesta de núcleo urbano refleja un doble tipo de actuación: primero, se rectifican las alineaciones viarias existentes y, en segundo lugar, al cambiar la disposición de manzanas se modifica igualmente el parcelario, alterándose la morfología barroca al suprimirse, incluso, alguna pieza arquitectónica que, por sus proporciones monumentales o por su carácter simbólico, fue susceptible de ser considerada como hito urbano. Si aquella razón, como señalara Du Quesnay, buscó «hacer al hombre dueño de la naturaleza en la práctica», alterando la naturaleza al buscar incrementar la riqueza de las naciones, las transformaciones urbanas que se proponen en esta segunda mitad de siglo tienen ya poco que ver con las propuestas anteriores y parten, básicamente, de una reflexión sobre la ciudad histórica. Siguiendo la reflexión de Patte (quien mantenía que la discusión sobre la forma de la manzana implicaba discutir la organización —que no la forma— de la ciudad), se asumió la trama anterior proeediéndose a una reforma de alineaciones; centrando además —como apunta la Enciclopedia— el estudio de las ciudades en la reflexión sobre el sentido que debía tener cada una de las partes. Se analizaron así conceptos tales como «límite» y una idea nueva (la del paseo, rambla o alameda) sustituyó a terrazas, fosos, muros, murallas... Se propuso en la ciudad un nuevo espacio representativo de la cultura ilustrada frente al «espacio del Poder» que la cultura barroca había concebido en la Plaza Mayor. Y los estudios sobre la ciudad antigua —sobre la forma de tratar y concebir el espacio colectivo en la antigua Roma— dieron paso a las propuestas de «Nueva Roma» dibujadas por Silvestre Pérez, González Velázquez, Antonio Celtes o López Aguado. Y el Agora que Silvestre Pérez diseñe para Madrid, en su idea de unir el Palacio Real con San Francisco el Grande —transformado en «Cortes» del país—, o el bilbaíno Puerto de la Paz serán reflejo de los levantamientos v estudios sobre la estructura urbana del Monte Pallalino que, en la década de 1790, había realizado en Roma.  66 Carlos Sambricio No existen en estos años textos teóricos que reflexionen en abstracto sobre la ciudad antigua: la historia urbana, como disciplina, evidentemente carece todavía de entidad, y las únicas referencias que podemos establecer a aquellos textos, que voluntariamente quisieron dejar de ser «guías de forasteros», son los esludios eruditos sobre la ciudad de la antigüedad. Pero buscando dejar de latió el levantamiento arqueológico fidedigno, ahora los nuevos textos hipo-tizan sobre posibles soluciones, imaginan —-desde la composición arquitectónica—- cuál pudo ser la imagen de aquella ciudad pasada, y la histona antigua se convierte entonces en pretexto para desarrollar propuestas próximas al debate contemporáneo. En este sentido, el jesuíta mexicano P. Pedro Márquez publica, en el umbral del siglo, la  Casa (Le Plinio,  que, con dibujos de Silvestre Pérez, supone no sólo una reflexión sobre la villa antigua como pieza singular, sino que también abre propuestas sobre la interpretación de la ciudad. Igualmente, las memorias que toda una generación de arquitectos redacta, en los comienzos de siglo, al estudiar en Roma la trama de la ciudad antigua reflejan ya cómo el material de la historia urbana son los proyectos, los dibujos o, incluso, los textos que describen cómo trazar la nueva ciudad desde la enseñanza marcada por el pasado. Y un ejemplo de cuánto aquella imagen se entiende como lección viva es la propuesta que, durante el gobierno josefino, se plantea para construir en Madrid un Museo de Maquetas similar al parisino «Plans Reliefs». Durante los años del reinado de José Bonaparte la reflexión sobre la ciudad cobra singular importancia: la voluntad por «esponj¿\r» la trama medieval, procediendo al derribo de manzanas y abriendo plazas y espacios abiertos, se refleja en Madrid, Sevilla, Valladolid o Valencia. Pero, además, la ciudad antigua, tomada como ejemplo, se refleja en la propuesta de concluir el Palacio de Carlos V en la Alhambra de Granada  «con arreglo a los planos srcinales»,  y del mismo modo se propuso también realizar un Museo fie Antigüedades en Sevilla—distinto tanto al madrileño Museo de Pinturas como a la propuesta del Museo de Maquetas-—, buscando así resallar y mejor conservar las ruinas de Itálica. Y es entonces, a partir de este momento, cuando los primeros estudios «operativos» (es decir, De los libros de viajeros a lo historia urbano 67 buscando propuestas en la historia susceptibles de ser- tomadas en la construcción de la nueva realidad) cobran nueva dimensión. Kn 1814 José Joaquín Troeoniz presentaba a la Academia de San Fernando un Memorial sobre  Cuáles deben .ser las miradas de un arquitecto para la formación de una ciudad capaz de seis nút vecinos, explicando con claridad su mayor hermosura y carácter de. sus edificios, según su destino, sin perder de vista la comodidad  y las reglas principales de policía;  en 1832, Juan Moran Lavandera sometía igualmente a la misma Academia otra  Disertación sobre ki Historia de la Arquitectura, demostrando su utilidad  v  la necesidad que hay en toda República bien ordenada de edificios correctos, cuáles son indispensables y qué carácter y orden requieren,  y en igual año. Andrés liazán Diez presentaba sus  Descripciones sobre las diferentes formas de calles que se conocen en las grandes poblaciones, las ren tajas c inconvenientes que presentan cada una de ellas, v cuáles serán las que ofrecen más comodidad y hermosura a sus edificios, así como qué situación se podría elegir para jormar una ciudad populosa.  Kslos tres textos —así como tantos otros que analizan y definen las cualidades que deben cumplir las ciudades en el primer lereio de siglo— se plantean en un momento especialmente significativo: cuando las medidas desamortizadoras de 1808 y 1814 —las subastas de Bienes Nacionales— y las posteriores de 1820 a 1823 habían trastocado el orden urbano existente. Bahamonde ha señalado, retomando la idea formulada  en  su día por Mesonero Romanos («las medidas desamortizadoras... ocasionaron la transmisión de una parte del mezquino y raquítico caserío de la Villa desde las manos muertas de Comunidades religiosas y mayorazgos a otras más activas e inteligentes ), cómo aquella propiedad urbana, en manos de una burguesía emprendedora, duplicó o, incluso, llegó a triplicar su valor: una de las consecuencias inme-dialas de aquella situación fue un cambio total en el viejo orden urbano existente, formulándose así dos tipos de posibles actuaciones: una, la de quienes proponían actuar intramuros de la ciudad, conscientes de que de ese modo los bienes desamortizados alcanzarían —ante la falta de suelo— una aún más alta cotización; otra, la de quienes señalaban cómo, ante el hecho de una nueva emigración  68 Carlos Samhricio campo-ciudad, al precisar suelos donde asentar sus viviendas debían hacerlo fuera de la ciudad, más allá de los límites de la Cerca. Se planteó así, a partir de 1832, la necesidad de ordenar el crecimiento de las poblaciones más allá de los límites hasta entonces establecidos, debatiéndose sobre la conveniencia o no de proyectar un «Ensanche». La discusión dejó pronto de limitarse al ambiente profesional y pronto los propietarios del suelo —buscando la defensa de sus intereses— llevaron éste al Parlamento, siendo la Comisión de Fomento del Congreso quien cuestionara el tema, estableciéndose finalmente leyes sobre ensanches de poblaciones. Y quizá por ello, y buscando establecer bases científicas sobre las que asentar las argumentaciones, se concibieron los primeros esludios estadísticos sobre la realidad de la ciudad.. En 1834 Fermín Caballero había publicado sus  Noticias topo-gráfico-estadísticas de la Administración en  Madrid a las que seguirían, poco más tarde, las  Estadísticas de la provincia de  Madrid de Antonio Regás (1835); F. de Paula Mallado editaba entre 1845 y 1852 su  España geográfica, histórica, estadística y pintoresca;  en 1846 Luis Piernas lo hace con su  Datos estadísticos de Madrid y su término,  y a todos ellos habría de sumarse, posteriormente, el Diccionario Oeográfico-Estadístíco-Histórico de España y sus posesiones en Ultramar,  que entre 1847 y 1849 sacara a la luz Pascual Madoz. De todas las noticias y estadísticas publicadas conviene, en síntesis, destacar dos de ellas; por vina parte, las de Luis Piernas y, paralelamente, el decisivo papel que desempeñó el  Diccionario de Madoz para el desarrollo de la ciudad, en un momento en el que el mismo Madoz señalara: «... todos los días entran en Madrid de mil a mil quinientos gallegos en busca de trabajo». El informe de Piernas parlía de una referencia local basada en la transformación de Madrid. Carmen Gavira ha estudiado cómo, en aquel trabajo, se reflejaba el dato de contar la ciudad en 1846 con 206.714 habitantes (apenas  1 5 000  más que al final del reinado de Carlos IV, independientemente que con el proceso desamortizador se hubiesen suprimido casi el 10 por 100 de las fincas existentes), lo que refleja la situación de hacinamiento y pobreza existente en el Casco Histórico. Así, la referencia que Piernas da sobre la exis- De los libros de viajeros a la historia urbana 69 tencia de 441 edificios —capaces de albergar casi  5 000  habitantes-fuera de los límites de la ciudad permite comprender cómo el debate entre construir el Ensanche o edificar en los solares existentes en el casco interior dejó pronto de ser una discusión abstracta, viéndose amenazado el orden urbano por la construcción más allá de las Rondas. La aparición de nuevo suelo libre tendría como resultado una mayor oferta y, en consecuencia, una bajada de los precios: por ello, discutir sobre el derribo de las murallas dejó de ser una cuestión estética para convertirse en un problema económico; por ello,  memoriales como el  Informe sobre la solicitud de... derribo total de las murallas de esta Ciudad  —Barcelona—  que miran a tierra, que presentara Manuel Duran i Bas al Ayuntamiento en 1854,  se repiten en Santander, León..., entendiéndose desde una voluntad generalizada en aquellos momentos por encontrar terrenos económicos donde edificar viviendas para la nueva población. En 1834 Mariano Balbó había propuesto, a su regreso del exilio, una crítica al Madrid existente proponiendo, por primera vez, la idea de Ensanche; en septiembre de 1835 se publica una Real Orden encargando a los Ayuntamientos de Madrid y Barcelona el proyecto de viviendas para obreros, y en 1843 Mendizábal incidía en la necesidad de un Ensanche para Madrid, previendo un crecimiento rápido de la ciudad hacia el norte, expansión ratificada en 1846 por Merlo, quien proponía retirar las tapias y rondas. En 1853 se señalaba, igualmente, la conveniencia de construir casas «para pobres», recurriéndose al sistema de tasación de alquileres. El Decreto de Moyano de 1857 daría fin a la polémica existente entre Mesonero Romanos (partidario de recuperar el casco allí donde todavía fallaba la construcción) y posiciones como la de Mendizábal o Fernández de los Ríos, quienes proponían la construcción de cinco barriadas fuera del límite de la ciudad. Por último, con fecha 19 de julio de 1860 se aprobaba el proyecto realizado por Castro, directamente ligado al primer Cen^o de población de 1857. La llegada de una fuerte emigración del campo a la ciudad implicó un desarrollo de las actividades edilicias, como lo prueba que. entre 1842 y 1856, se expidieran en Madrid una media de 137 licencias por año, lo que contrasta con las 39 concedidas entre 1800 v 1841.
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